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Las formas que el pasado tendrá en el porvenir

publicado a la‎(s)‎ 24 feb. 2009 13:08 por CirculoCarlista .com

«Pero cuando se ha escindido esa unidad espiritual que juntaba a los pueblos como juntaba a las almas, dando alma a los pueblos...» Así hablaba don Esteban Bilbao en el cine de la Opera. Era en uno de los mejores discursos que se han pronunciado en estos años. No recuerdo haber oído comparaciones tan impresionantes como la de que «los pueblos que profanan con su algazara la soledad de los tronos vacíos, son como niños que juegan sobre el sepulcro de sus progenitores sin darse cuenta de la orfandad que sobre ellos pesa», ni apostrofes tan grandilocuentes como el que lamenta la «¡triste suerte de la Monarquía constitucional en España!», maravillosa síntesis de una historia cuyo final estamos padeciendo.

El discurso, que no pude oír, pero que he leído íntegro en las columnas de El Siglo Futuro, debió producir tal impresión que no me extraña que el señor Bilbao se sintiera optimista al terminarlo y resumiera su impresión del acto diciendo que «el Tradicionalismo tiene que presentar ante el tribunal de la opinión una verdadera querella por injurias, y podemos estar seguros de que el fallo nos será completamente favorable». Por lo que hace a la Monarquía de los tradicionalistas, no cabe duda de que el señor Bilbao ha ganado el pleito.

Porque si se pregunta a la gente de la calle que clase de Monarquía los tradicionalistas quieren, es muy de temer que, en Madrid, por lo menos, la mayoría de las gentes piense que se trata de la Monarquía absoluta. A lo que responde el señor Bilbao:

«Y contra todo eso decimos nosotros: Monarquía, sí; pero no la Monarquía absoluta, que somos nosotros los primeros en rechazarla, sin monarquía limitada, Monarquía templada, Monarquía representativa; y siento mucho no tener ya tiempo para exponer estos conceptos:

Monarquía representativa, con sus Consejos y con sus Cortes, pero Cortes de verdad, representación autentica de las fuerzas vitales de la nación, y no fruto espúreo de las ambiciones de los partidos políticos; encarnación de la entraña social, pero no producto del cohecho y de los amaños de un sufragio corrompido».

Sólo que este artículo no se escribe para elogiar al señor Bilbao, sino para sugerirle la conveniencia de que vuelva a hablar de la escindida unidad espiritual de España, porque el problema practico que la realidad española nos propone es el de hallar un programa tradicionalista para este gravísimo conflicto ante el cual nos coloca precisamente la ruptura de esa unidad espiritual. Porque es claro que el programa ultimo del tradicionalismo ha de consistir en rehacer los que llamaba Mella «los grandes dogmas nacionales», y que, como dice el señor Bilbao, «la Patria no es nada si no es algo espiritual, espiritual como un credo, intangible, secular, amor de pueblos...».

También es cierto que no debemos desesperar de que pueda volver a rehacerse la unidad espiritual, en que las instituciones tradicionalistas descansaban. La Monarquía tradicional se basaba en esa unidad espiritual. Pero esa unidad ha desaparecido. ¿Hemos de esperar a que se rehaga para restaurar, en lo posible, los principios del tradicionalismo? Esta es la cuestión. Ya sé que no es la primera vez que se plantea, pero es que ahora tiene más importancia y urgencia que en otros tiempos. Ya hace un año que se han unido las tres ramas en que estaba desgajado el antiguo árbol tradicionalista. Y hay más. No es un secreto para nadie la probabilidad de que se le unan la inmensa mayoría de los antiguos monárquicos, desencantados del constitucionalismo que venía practicándose.

Hay, de otra parte, muchos españoles contaminados con las ideas de la revolución. Si sumamos a los afiliados a los diversos partidos republicanos los miembros de la Unión General de Trabajadores, los de la Confederación Nacional de Trabajo y los comunistas, es posible que su número total ascienda a dos millones. Todavía son una minoría comparados con los restantes españoles, pero son, de todos modos, demasiado numerosos para que nos podamos olvidar de su existencia. ¿Qué hacemos con ellos? ¿Renunciamos a toda esperanza de asumir las riendas del Gobierno antes de que se conviertan todos ellos? ¿O nos bastará para ello con vencerlos, si está en nuestros medios?

Desde luego, podemos confiar en que aumente el número de los desencantados de la revolución. Primeramente proclamarán su desengaño-ya lo están haciendo-las voces de mayor responsabilidad. Después se extenderá este sentimiento a las masas. Antes de que pasen muchos años han de venimos grandes ejemplos desde fuera. La situación actual del mundo no puede prolongarse. Se ha llegado ya a una crisis en que lo mismo han fracasado el individualismo liberal que el socialismo colectivista, que el estatismo, que ha pretendido resolver las cuestiones sociales con la multiplicación de los empleos públicos. No cabe duda de que el mundo tiene que restaurar en breve los principios de la civilización cristiana, porque ya no puede seguir soportando el paganismo, que se ha hecho dueño de la literatura y las costumbres, de la vida económica y de la política internacional.

Sólo que cada pueblo ha de obrar por sí mismo, sin esperar a ver lo que otros hacen. Y esta es la cuestión. No parece probable que la conversión de las masas revolucionarias se realice de la noche a la mañana. Lo probable es que se vaya efectuando una gran concentración tradicionalista mucho antes de que se hayan disuelto las organizaciones revolucionarias. Y lo mejor que pudiera esperarse es que esa organización tradicionalista se hallara en condiciones de prevalecer sobre sus enemigos.

Digo lo mejor porque sólo de un milagro pudiera aguardarse la completa desaparición de los contrarios. Y prevalecer no quiere decir exterminar.

Aquí entra la cuestión. La fuerza que prevalezca tendrá que seguir haciendo centinela en la fortaleza conquistada. Y ello implica una perspectiva que no coincide con la del pasado Quizá el reinado más glorioso de la Monarquía tradicional fue el de Felipe II, pero en tiempos de Felipe II no había revolucionarios que vigilar precisamente porque existía esa unidad espiritual que se ha escindido. El nuevo Felipe tendrá que hacer frente a la revolución con las mismas fuerzas que, con la ayuda de Dios, le habrán servido para vencerla.

Lo cual quiere decir que esas fuerzas serán parte integrante y principal de la nueva Constitución (valga la palabra) tradicionalista. En ello tendrá que diferenciarse el porvenir del pasado. Un Felipe II que tenga que afrontarse don la revolución no es el mismo Felipe II que veneraban todos sus compatriotas como el «hombre sin par» y el «Moisés cristiano», de que habla Cervantes, a pesar de su espíritu crítico. Pues bien, conviene pensar en esa diferencia que ha de haber entre el porvenir y el pasado, porque de no pensada a pensarla con acierto puede depender el que sigan los tradicionalistas en la situación presente o alcancen en su día la victoria.

 

(Este artículo se publicó con el título «El porvenir del pasado», en Diario de Navarra, 15 diciembre 1932.)

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