Personalidades carlistas |

Un obispo Alavés, héroe de los derechos humanos en Cuba
Jacinto Martínez criticó las deportaciones y los fusilamientos de los insurrectos durante la guerra de independencia de la isla
Fuente: elcorreo.com, 28.10.13 - Francisco Góngora
El obispo Jacinto Martínez. / Ilustración Española

Un grupo de historiadores vascos y cubanos ha profundizado en la relación de los políticos, clérigos, militares, e indianos de origen vasco que participaron de una manera u otra en el proceso independentista cubano (1868-1898). Llama la atención la importante nómina de alaveses con un gran protagonismo e incluso la expedición militar de los tercios vascongados para combatir la insurrección secesionista. En otros momentos hemos hablado de Julián Zulueta (de Anúcita), uno de los hombres más poderosos que movilizó voluntarios y aportó una gran fortuna en combatir a los independentistas. Frente a él, no por ideología pues se consideraba español y criticaba la secesión, se puso el obispo de La Habana, el alavés Jacinto Martínez. Su delito fue tratar de humanizar la represión que tuvo una dureza brutal y pidió que cesaran las deportaciones a África de los detenidos que acababan siempre con la muerte de los transportados. Tomamos para sacar del olvido a este héroe de los derechos humanos que pagó con su expulsión esa defensa el texto de Cecilia Arrozarena en el libro que puede consultarse en internet, 'Patria y libertad. Los vascos y las guerras de independencia de Cuba'.

El 27 de octubre de 1865 llegó a Cuba como nuevo obispo de la diócesis de La Habana Jacinto María Martínez y Sáenz, nacido en Peñacerrada en 1812. Había sido militante carlista durante la insurrección en Álava y conservaba una herida de guerra que le hacía cojear. Dio clases de Teología en Toledo y Roma y profesó las órdenes de los capuchinos en 1843. Fue misionero en México y Venezuela antes de llegar a Cuba por vez primera en 1847. Fue nombrado capellán del Hospital de Coléricos de La Habana y párroco de San Carlos de Matanzas, de manera que conocía bien la isla.

Desde un principio muestra una gran personalidad. Propone agrandar los templos, de una sola nave normalmente, hasta tres y ordena construir un nuevo cementerio en La Habana pues se había quedado pequeño el que proyectó Díaz de Espada, otro gran obispo alavés.

Enfrentamiento con Lersundi

Desde el inicio de su mandato Martínez tuvo un duro enfrentamiento con las autoridades militares, concretamente con el capitán general, Francisco de Lersundi, también de origen vasco. Martínez pidió a los sacerdotes que no se tocaran las campanas de los templos a la entrada del gobernador a los pueblos. El argumento era que no se hacía ni a los reyes. Lersundi ordenó el arresto de un cura que se negó a dispensarle el honor. Fue llamado a rectificar por el militar y Martínez prescribió a sus párrocos que hicieran repicar las campanas cuando el capitán general lo ordenara, lo que enfadó mucho más a Lersundi que preparó un buque para deportarlo a Puerto Rico, pero Madrid sustituyó la medida por la del regreso del prelado a la península.

Tras su vuelta a Cuba, en el año 1869 comienza la insurrección de los independentistas cubanos. La disputa entre Lersundi y el obispo subió de tono. Con la guerra llega la represión de las autoridades españolas. Las detenciones y los fusilamientos sumarios estaban a la orden del día y entre los que acabaron en el paredón también hubo párrocos. El de Peñacerrada intentó aplacar los ánimos y propuso medidas de concordia.

Entre ellas, suplica al militar que "mire con piedad a los desgraciados habitantes de mi diócesisque han tenido la desdicha de implicarse en asuntos políticos y salen uno de estos días para Fernando Poo (isla española en África). Es seguro que estos desdichados van a morir todos y quizás antes de llegar a aquel país mortífero fallecerá más de uno en el trayecto que tienen que hacer desde Canarias a Cabo Verde hasta Fernando Poo. Yo me permito insinuar a V.E. que la medida de deportación de tantos individuos de buena familia a una isla africana cuyas condiciones mortíferas son conocidas de toda Europa y de los Estados Unidos, puede dar ocasión a que los pueblos civilizados arrojen sobre España el negro estigma de la dureza de corazón y del oscurantismo y de otras cosas con que nos regalan, aún cuando no hay motivo, los extranjeros del Viejo y Nuevo Mundo".

Martínez insiste en evitar la deportación porque a esa isla "es bien sabido de todos que sólo se va a morir". Escribió varias cartas como esta, humanamente piadosas y políticamente previsoras. Sin embargo, haber criticado el fusilamiento y la deportación de civiles sirvió para acusar al obispo de connivencia con los revolucionarios.

No era un revolucionario

Jacinto María Martínez no era en realidad lo que se dice un revolucionario. Al contrario, en todas sus cartas pastorales desacreditaba abiertamente la insurrección cubana: "Estáis sufriendo, muy amados hijos, los males de una guerra injusta, promovida por hombres extraños a nuestra nacionalidad, a nuestra lengua, a nuestras tradiciones, y quizás a nuestra fe, quienes han alucinado a alguno de nuestros hermanos arrojándolos a un combate en el cual, faltos de justicia y de derecho, no podrán encontrar sino su propia ruina y la destrucción de sus familias".

Además daba una sexta parte de su renta para mantener a los voluntarios (paramilitares organizados en contra de los independentistas). Paradojicamente, fue acusado por estos de colaborar económicamente con la insurrección independentista. "Se ha descubierto que el obispo de La Habana está en connivencia con los insurrectos, y que les envía cada mes seis mil pesos", imputaba calumniosamente un diario madrileño, convirtiéndose en uno de los objetos de la belicosa furia integrista, a la que contribuyeron libelos habaneros como 'El Moro Muza' y 'Juan Palomo' con las más groseras caricaturas.

En abril de 1869 recibió la orden de embarcar en el apremiante plazo de tres días teniendo que abandonar la isla el 15 de abril de 1869. Además de mal español, las autoridades coloniales lo acusaron de llevar grandes sumas de dinero pertenecientes a la diócesis, dinero que pretendía supuestamente regalar al Papa.Cuando el barco llegó a Cádiz fue detenido y conducido a Madrid, donde fue encarcelado en la celda de un convento e incomunicado mientras abrían y registraban sus baúles, donde no hallaron ningún tesoro. Seis días duró su incomunicación hasta que fue puesto en libertad.

Jacinto María Martínez participó en el Concilio Vaticano I brillando por su dominio de idiomas y por su elocuencia, por sus conocimientos teológicos y por su reconocimiento de la realidad .Terminado el encuentro en Roma pretendió regresar a Cuba a través de Nueva York y recuperar su sitial de obispo, arribando de incógnito al puerto de La Habana en el vapor 'Missouri' el 12 de abril de 1871.

Pero cuando llegó, de nuevo un grupo de voluntarios le cierra el desembarco y no por cariño. Algunos sacerdotes se suben a cumplimentar al obispo, pero un enviado del capitán general, entonces el Conde de Valmaseda, le notifica que no puede descender del barco. Tras un tira y afloja, la prohibición es un hecho y el obispo decide volver a los Estados Unidos en el mismo barco. Antes de irse reiteró sus poderes al provisor que ejercía en su lugar y le entregó una pequeña arca que contenía 385.735 pesos en valores que, al marcharse en 1869, había puesto en manos de la priora del convento de Santa Teresa y esta había custodiado desde entonces fielmente. Eran los fondos que habían motivado el arresto del obispo en Cádiz y el registro de su equipaje.

Siguió protestando

Siguió protestando contra las autoridades coloniales y escribió un libro sobre su propio caso: 'Los voluntarios de Cuba y el obispo de La Habana o historias de hechos, sucesos que deben referirse ahora y no después' (Madrid, 1871). Ese mismo año fue elegido senador carlista por Álava. En 1873, el pretendiente carlista Carlos V le nombró su representante. Pero murió ese mismo año en una pobre celda de un convento de capuchinos en Roma, con tanta añoranza que escribió en su testamento que deseaba ser enterrado finalmente en la catedral de La Habana.

Un obispo de La Habana quiso años después satisfacer aquel último deseo y gestionó el traslado de los restos. Pero era imposible, porque los capuchinos señalan las tumbas con un simple trozo de carbón, que pronto deshace el tiempo y los huesos de Jacinto María Martínez, un hombre de Peñacerrada que se enfrentó al poder colonial y lo perdió todo, se encontraban ya confundidos con los de sus hermanos en el osario de Roma.

Paradojas del destino, uno de los cabecillas de los voluntarios antiindependentistas era el también alavés Zulueta que obviamente defendía su poderosa posición como todopoderoso terrateniente y esclavista. Ya se ve que esta tierra daba lo mejor y lo peor.

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