Opinión| 
Polonia y su acendrado patriotismo, por Valentina Orte

El problema de España, a diferenciad de Polonia, consiste en que poca gente lleva dentro lo que verdaderamente constituye la nación y aún los hay que trabajan en contra de prolongar la vida de su patria

Madrid, 13/01/2014

Vuelvo de un viaje por Polonia sintiendo una gran admiración por el país, pero no ha sido tanto por sus maravillosas ciudades incluidas en la consideración de Patrimonio de la Humanidad, ni por las inigualables y prehistóricas Minas de sal de Wieliczka, ni siquiera por la espiritualidad que se respira en el santuario de la Virgen Negra de Czestochowa, que suponía, certeramente. Me sorprendieron, en cambio, los altarcitos llenos de flores, levantados cada poco en muros de las casas o apoyados en árboles a lo largo de la carretera, especialmente en la región de Cracovia. Evocaban los que hace años se levantaban en los portales de las viviendas españolas el día de la Exaltación de la Santa Cruz. Me parecieron demasiados para recordar accidentes de tráfico, aunque el estado de las carreteras puedan propiciarlos. El guía nos explicó que, no siempre es en memoria de alguien que perdió la vida, que, por el contrario, la mayoría, son manifestaciones populares de acción de gracias a la Virgen Negra por hechos (no siempre luctuosos), ocurridos a ellos o sus familias. Mi asombro fue absoluto y la envidia inenarrable. Aquí, en la católica España, la tierra de María Santísima, se machaca a la población con la consigna de que las manifestaciones religiosas deben realizarse “de puertas para adentro” y no trascender a la calle, porque pueden “herir” a los no católicos; por lo mismo, ni a los militares se les permite participar en tradicionales actos de devoción, ni a los muertos en campaña mandados por los distintos gobiernos, se les rinde ya homenajes religiosos. Tristemente, todo esto ocurre al tiempo que las manifestaciones sexuales más íntimas se permiten en plena calle, y se legaliza el asesinato de inocentes “nasciturus” por sus propias madres.

Otro motivo de envidia para mí es el esfuerzo que el país dedica a la enseñanza y la valoración mundial que han conseguido sus universidades. En Poznan, por ejemplo, sus facultades de matemáticas e informática son tan prestigiosas que, al parecer, grandes empresas americanas formalizan contratos de trabajo con alumnos excelentes ya en segundo curso de carrera. La buena preparación de sus ciudadanos puede ser el factor esencial para que esta población disfrute de una codiciable tasa de paro del 2% (datos de 2009).

No obstante, lo que realmente me ha impresionado de Polonia ha sido su patriotismo, resultado, posiblemente, de los dos factores anteriores. La formación les permite conocer y enseñar su historia más dura con la fe cimentada en su religiosidad que les facilita la esperanza en un futuro, sintiéndose orgullosos de haber superado tantos horrores y de saberlos exponer para que sirva de lección a generaciones venideras. O al menos, intentarlo. Muestran la reconstrucción de Varsovia al tiempo que fotografías que prueban cómo quedó la ciudad después de las razzias de nazis y soviéticos, diciendo: ¡Nosotros solos lo hemos reconstruido, sin ninguna ayuda! Hace poco que ha empezado a ayudar algo la Comunidad Económica Europea, pero hasta aquí, nosotros los polacos, desescombrando piedra a piedra y luego volviendo a construir siguiendo la documentación, fotografías y testimonios de los supervivientes, lo hemos hecho todo de nuevo! Es como el Ave Fénix que renace de sus cenizas, renacimiento físico y espiritual, del poder del fuego, de la purificación, y la inmortalidad.

Cada poco se encuentran placas y esculturas y a los pies, cirios encendidos y flores frescas en homenaje a sus héroes, sitios históricos, batallas, ganadas o perdidas, tanto da, que fueran católicos, protestantes, judíos u ortodoxos, porque se trata de rendir culto a la historia de la nación, nexo de unión de todos los polacos.

En España, sin embargo, se hacen burlas sobre el Cid y sus batallas, se piensa con cariño en los árabes. Alguno habla de Al Ándalus como si hubiera que devolverles Andalucía pidiéndoles perdón y en esa escalada de denigrar la historia que nos une y de la que deberíamos sentirnos orgullosos, dentro de poco estos falseadores de la verdad, reivindicarán a Almanzor. Por el contrario, allí hay placas y esculturas en homenaje a Vladislao II de Polonia que llevó los ejércitos polacos y lituanos a liberarse de los caballeros teutones en las batallas de Bromberg y Grunewald. Ni se ríen ni olvidan ni lo tergiversan.

En el escudo de la nación, figura un águila coronada con alas extendidas que se ha transmitido desde la época de los Piats, allá por el siglo XIII, a pesar de todos los avatares históricos que el país ha sufrido. 

Ni los soviéticos se atrevieron a quitarla, solo suprimieron la corona por el consabido y machaconamente repetido lema de que están en contra de la diferencia de clases. Es muy parecida a la que Isabel de Castilla y Fernando II de Aragón adoptaron, allá por 1492, basándose en el escudo de Fernando III, (que unió Castilla y León), con el águila de San Juan como soporte. Se mantendrá hasta el último de los Austrias coincidiendo el final del águila con el de la influencia española. Con la República se introduce la corona almenada. El general Francisco Franco considerando su tiempo un interregno hasta la entronización “ex novo” de Juan Carlos I, estimó, consecuente con ello, volver al escudo de los mejores tiempos de España. Con este escudo se aprobó la última Constitución, pero enseguida, los que se dicen demócratas, le atacaron fieramente llamándole aguilucho y hasta gallina. Los ignorantes y acomodaticios asumieron que era risible respetar el escudo de la mejor época de su patria, de modo que consiguieron imponer su criterio, que era naturalmente, volver al que representa una de las etapas más sangrientas, la república masónica. De modo que la diferencia con Polonia me parece enorme: allí predomina el amor patrio, aquí el interés partidista.

Tuve ocasión de asistir a un acto patriótico religioso en la Basílica de santa Isabel de Hungría; una iglesia católica de la Tercera Orden de San Francisco edificada en la Edad Media en la ciudad de Wroclaw (Breslau o Breslavia).

En 1946 la Basílica fue entregada a la Capellanía Militar de la Iglesia Católica Romana de Polonia. Por ello es el lugar adecuado para realizar homenajes en honor y recuerdo de sus héroes, levantamientos, sitios, batallas, y campos de exterminio.

Con la iglesia abarrotada de público, llegaron un grupo de personas, de distintas edades, uniformadas, luciendo amplios medalleros y portando con orgullo sus banderas nacionales.

Celebraban el acto bajo un sencillo lema: PAMIETAMY, es decir, RECORDAMOS. Recordaron, de la mejor manera que miembros de de una sociedad católica pueden hacer, con una Eucaristía.

En el momento de la Epístola, una anciana, quizá superviviente de alguno de los campos, leyó unas cuartillas por las que, (por la emoción que reflejaban los rostros de los asistentes), parecía rememorar los sufrimientos padecidos en los múltiples campos de exterminio que mencionó, (algunos eran desconocidos para mí, como el de Chelmno, Majdanek o Sobibor).

Sus palabras produjeron una conmoción tan grande, que el numeroso público puesto en pie, le dedicó una gran ovación.

Finalizada la Eucaristía seguida con gran fervor por los asistentes, se organizó una pequeña procesión hasta los pies de la nave central. Allí, bajo el órgano, en una capilla, amparados por una imagen de la Virgen de Czestochowa, se encuentran una serie de lápidas en recuerdo de sus hechos históricos, ante las que depositaron velas, flores y cantaron con gran sentimiento, himnos, sin que, naturalmente, faltara su maravilloso himno nacional, “la mazurca de Dabrowski”[1] que orgullosamente afirma “Polonia no ha muerto mientras nosotros vivamos”. Llegó a ser una de las canciones más importantes de los pueblos eslavos. En rigor, sirvió como prototipo de muchos otros himnos nacionales. El famoso lema de Józef Wybicki: “Polonia no ha muerto mientras nosotros vivamos” fue utilizado por autores de canciones similares cuyo objetivo era restaurar la fe en la independencia de los pueblos esclavizados, tales como serbios, checos, o ucranianos. (...)

Adam Mickiewicz, el gran poeta polaco de la época del romanticismo, dijo que “esos versos reflejan un emblema de nuestra nueva historia :...Polonia no ha caído, mientras nosotros vivamos”. Esas palabras quieren decir, que la gente que lleva dentro lo que verdaderamente constituye la nación, es capaz de prolongar la vida de su patria, independientemente de las condiciones políticas que determinen su existencia y podrá inclusive aspirar a restablecerla de nuevo...”. Reflexionando sobre este bello concepto, me doy cuenta que nuestro problema, el problema de España, consiste en que poca gente lleva dentro lo que verdaderamente constituye la nación y aún los hay que trabajan en contra de prolongar la vida de su patria. Supongo innecesario mencionar los argumentos a favor de la fragmentación de España y en defensa de los intereses contrarios a ella, y pocos, muy pocos y acobardados que aspiran a restablecerla de nuevo en su unidad, ésa que nos permitió ser una nación respetada en el mundo. A pesar de su atormentada historia, los polacos, acosados por cristianos (los caballeros teutones), turcos, otomanos, imperialistas, nazis y comunistas, han sabido renacer defendiendo sus esencias, su himno, escudo y bandera. ¡Y nadie se atreve a llamarles facha por ello!

En las placas que figuran en la imagen, objeto del homenaje, aparece Auschwitz que nos trae el recuerdo de los maravillosos ejemplos de Edith Stein y el P Kolbe; Dachau evoca al beato Tito Brandsma, carmelita, profesor de filosofía, holandés conocido por su vehemente oposición a la ideología nazi y a sus pronunciamientos en contra de la misma desde antes de la Segunda Guerra Mundial. En Sachsenhausen ahorcaron al pastor de la Iglesia Confesante, Dietrich Bonhoeffer, nativo de Wroclaw y también considerado mártir por su fe. Es uno de los pocos teólogos reivindicados tanto por cristianos liberales como por conservadores. Pablo VI se refería a Bonhoeffer como una personalidad hondamente cristiana y cuya definición “Jesús, hombre para los demás” es válida para nuestro tiempo.

Me alegro por los polacos pero debo reconocer que me produjo una gran envidia y melancolía ver la diferencia con España. Aquí todo son trabas; desacreditar ridiculizando las propuestas de homenaje, o como sucedió no hace mucho, realizando intentos de prohibición de alguno de los actos similares que consistía en algo tan revolucionario como una Eucaristía.

De modo que la mayor parte de españoles jóvenes desconocen lo sucedido en Paracuellos de Jarama, en el santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, la liberación de Oviedo o del Alcázar de Toledo; no hablemos de la batalla de san Quintín o de la de las Navas de Tolosa. Tengo mi teoría: la Historia para según qué partidos es un arma peligrosa que es necesario anular desvirtuándola, así las nuevas generaciones, al desconocerla, son capaces de creerse cuanto a los poderes públicos interesa.

Esta anulación de la Historia, facilita la pérdida de la noción de patriotismo. Un ejemplo muy conocido es la “vuelta” dada a la ingente labor llevada a cabo por España en Hispanoamérica, siendo aceptada por muchos la idea de una España explotadora de pobrecitos indios olvidando la importante labor cultural, de mestizaje y asimilación que ninguna otra potencia del mundo ha realizado. No les interesa que el pueblo mantenga un mínimo de orgullo por lo español.

A este afán por la destrucción de España se une ahora la ridiculización de conceptos lógicos y de sentido común lo proponga quien lo proponga, como ocurre con la idea de Unidad. Les molesta la concepción de una España unida, la quieren troceada porque así como la unión hace la fuerza, la desunión lleva al “divide y vencerás”. Alguien me dice que esto es consecuencia de la guerra civil; de la lucha de unos españoles contra otros. Me niego a aceptarlo. Estados Unidos tuvo una terrible Guerra de Secesión y no hay valiente que se atreva a burlarse de su himno o bandera porque es de todos y a todos los useños representa; en Francia durante la invasión nazi, hubo población colaboracionista y franceses que lucharon en la resistencia; no obstante, que no les vayan los corsos con delirios independentistas: la France, es la France, toda una; en Alemania sacaron adelante una reunificación que les costó grandes sacrificios, pero tenían claro una cosa: se sentían todos uno, alemanes.

Juan Pablo II, un polaco universal, que además amaba profundamente a España, en su visita del año 2003 afirmó que “el lugar evoca la vocación de los católicos españoles a ser constructores de Europa y solidarios con el resto del mundo. España evangelizada, España evangelizadora, ese es el camino. No descuidéis nunca esa misión que hizo noble a vuestro país en el pasado y es el reto intrépido para el futuro”. Creo que, al menos públicamente, solo Santiago Abascal, presidente de DENAES escribió, al respecto, agradeciendo que reivindicara la hispanidad y la acción de España en el Nuevo Mundo combatiendo con tanta claridad la leyenda negra sobre las conquistas españolas.

Sería bueno seguir las enseñanzas de ese hombre extraordinario que fue tan buen Papa y tan gran patriota. Lo dejó dicho muy explícitamente en su libro “Memoria de identidad” en la parte que tituló “Pensando Patria” que, significativamente subtituló “Patria-Nación-Estado”. Desde su propia experiencia de polaco que ha visto su país destruido y oprimido, Juan Pablo II lo tenía claro: “La expresión patria se relaciona con el concepto y la realidad de padre (pater)”. Y “la patria es... el conjunto de bienes que hemos recibido como herencia de nuestros antepasados”. No escribe un politólogo, sino el Sumo Pontífice. Y, por tanto, deja claro que el Evangelio ha dado un significado nuevo a la noción de patria, puesto que la ha abierto a la dimensión de la eternidad sin haber “quitado nada a su dimensión temporal”. Es más: la idea de la patria eterna ha servido a la patria temporal.

Nadie podría explicarlo mejor. 

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[1] Fue creada en julio de 1797 en la localidad de Reggio nell'Emilia (cerca de Bolonia), en la entonces República de Lombardía (Italia). Su autor fue Józef Rufin Wybicki, un noble con escudo de armas Rogala, descendiente de una familia radicada desde el siglo XVI en la región de Pomerania. Poeta, dramaturgo, compositor, jurista, diplomático y político, participante de la famosa confederación de Bar y de la Insurrección de Kościuszko. En julio de 1797 llegó a Lombardía como uno de los organizadores de las Legiones Polacas bajo el mando del General Jan Henryk Dąbrowski (un ejército formado como parte de las tropas francesas de Napoleón Bonaparte que creían liberaría Polonia). Escribió la Canción de las Legiones Polacas en Italia para honrar la ceremonia de la partida de los legionarios de Reggio y fue en aquella localidad donde la obra fue cantada por primera vez.

En el año 1978 en Będomin, en la casa dónde nació Józef Wybicki fue creado el Museo del Himno Nacional (como departamento de Museo Nacional en Gdańsk). En conformidad con lo dispuesto en la ley, controlan las versiones melódicas, armónicas o instrumentales del mismo, no admitiendo otras que las presentadas como oficiales. Su respeto les lleva a manifestar que “el cuidado por la ejecución correcta de nuestro himno nacional debe ser común para todos polacos y una fuente de orgullo por su particular belleza”. (¿Habrá quien se le ocurra pitarlo?)


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