Opinión|

Necesitamos un Rey. Y no una sombra de ReyPor Carlos Ibañez Quintana.
Madrid, 28/01/2013


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Todos los movimientos antirrevolucionarios monárquicos se han autodenominado legitimistas. Especialmente recordamos los legitimistas franceses y los legitimistas estuardistas. Como la Revolución ha empleado la trampa de inventarse un rey sumiso que oponer al verdadero, estos movimientos, como el Carlismo, insistían en que defendían, junto con los principios de la Tradición, los derechos del Rey Legítimo, esto es el designado por las leyes. La Legitimidad.

Con el fallecimiento de D. Jaime I, ante la ancianidad sin hijos de D. Alfonso Carlos I, hubo personas y grupos que pretendieron unir a los españoles contra la República en un descendiente del desertor D. Alfonso. Pasando por alto las evidentes irregularidades en la generación de D. Francisco de Paula (declarado hijo de Godoy por las Cortes de Cádiz) y en la de D. Alfonso hijo de Dª. Isabel, llegaban como heredero de D. Alfonso Carlos al desertor. Ante tamaño dislate surgió entre los carlistas la doctrina de que la legitimidad de origen, la definida por la ley, no servía de nada si no era acompañada por la legitimidad de ejercicio.

Nunca hasta entonces, que nosotros sepamos, se había empleado tal terminología. Con “legitimidad de ejercicio” se quería definir algo que es de sentido común. No se trataba tan sólo de que el Rey hubiera de gobernar de acuerdo con los principios de la Tradición. Si sólo fuera eso habría dado la sensación que se le querían imponer los deseos de un partido. Se trataba de algo más profundo: de que el Rey fuera verdadero Rey. Lo que no habían sido desde Fernando VII ninguno de los ocupantes del Trono de España.

Por eso la Legitimidad de origen se refería a algo externo a la persona: a su designación por las leyes sucesorias. La Legitimidad de ejercicio se basaba en la función que el Rey en potencia estaba dispuesto a cumplir. No en vano en el Fuero Juzgo se decía: “Rey serás si hicieres justicia, si no, no”.

Recordamos nuestros tiempos mozos cuando discutíamos con los partidarios de la dinastía usurpadora. Esgrimíamos leyes y pragmáticas. En la mente teníamos árboles genealógicos. Los comparamos con nuestro presente rechazo del actuar titular: nos basta ver lo que hace y lo que no hace para decir: éste no es Rey.

Los voluntarios de la III Cruzada carlista cantaban: “Agure beltza orrekin, ez gera konpondu. Don Karlos bear degu goiz edo berandu” (Con este viejo negro-Don Amadeo-no nos arreglamos. Necesitamos a Don Carlos, tarde o temprano”. Ese “bear degu” (necesitamos) no se nos quita de la cabeza.

Necesitamos un Rey. Pero tengamos en cuenta: un Rey. No un simulacro de Rey.

En la CTC confluimos en 1986 tradicionalistas de distintos grupos. Fijamos un Ideario. No nos lo inventamos. Estudiamos, discutimos y llegamos a la conclusión de cuáles eran los puntos que estábamos obligados a seguir defendiendo como los habían defendido quienes nos habían precedido en las filas de la Legitimidad. Por eso estamos firmemente convencidos que quien aspire a ser nuestro Rey, además de sus títulos genealógicos, tiene que comprometerse a defender ese Ideario. No exigimos nada que previamente no se nos haya exigido a nosotros.

Esa es la Legitimidad de Ejercicio. Que tiene que concurrir en la persona designada por las leyes sucesorias. No podemos ceder ni un ápice. Porque necesitamos un Rey. Y no una sombra de Rey.