Opinión|

La ONU nos quiere gobernar, por José Miguel Orts

El relator de la ONU amenaza con presentar su dossier en la Asamblea General de la ONU para poner sobre las cuerdas al Gobierno español del PP, como heredero y continuador del franquismo.
Valencia 20/02/2014

La ONU ha sido noticia una vez más en las semanas recientes. Por un lado un tal Pablo de Greiff atrajo la atención de los medios como relator especial de Naciones Unidas para la promoción de la verdad, la justicia, la reparación y la garantía de no repetición nada más y nada menos que de “los crímenes de la guerra civil y de la dictadura”. Se ha reunido con colectivos interesados en el tema y con instituciones, ha recabado informes y ha aportado los que guarda, ha marcado a todo el mundo su tarea, las formas y modos de pedir perdón, de reparar daños, de compensar a las víctimas y de exponer al dominio público los trapos sucios de una etapa de la historia de España que hay que borrar de la memoria colectiva, por no adecuarse a las pautas de legitimidad impuestas tras la II Guerra Mundial, contrapuestas a las resultantes de la victoria militar de la guerra civil en 1939. Les sonará el proyecto de “remodelación” de la Pontificia Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos para privarla de su carácter religioso y convertirla en algo así como museo de los horrores del fascismo español. Por ahí andan los tiros que van dando una jueza argentina de las de la justicia universal, alentada por el ex magistrado Baltasar Garzón y la zurdería militante de siempre. De Greiff amenaza con presentar su dossier en la Asamblea General de la ONU para poner sobre las cuerdas al Gobierno español del PP, como heredero y continuador del franquismo. Del currículum de este individuo se han ocupado otros: una verdadera joya de la neutralidad institucional de las Naciones Unidas y su incansable prosecución de la paz y la reconciliación entre los pueblos, que pasa por anteponer el mapa nacional de fosas comunes a la solución del paro galopante, a la disolución de ETA y la entrega de su arsenal, a la neutralización de la secesión de Cataluña y a la limpieza y represión de la corrupción política, entre otros problemas poco acuciantes al parecer.

No se ha llevado mucho el volteo de campanas de los profetas de la III República, alentados por la presencia voluntaria ante los tribunales de una de las hijas del Jefe del Estado, imputada por la Justicia, a pesar de que el amor le impedía advertir el límite de las actuaciones legales y el alcance de sus responsabilidades, con la andanada de las NN.UU. contra la Iglesia Católica en nombre de los derechos de los niños, de los que la organización supranacional es fiel custodia.

Por franquismo podemos entender muchas cosas más o menos conexas entre sí: el periodo de gobierno del General Franco, el tipo de cultura que lo caracterizaba, la ideología que lo alentaba, el conjunto de sus partidarios o simpatizantes, sus reliquias, monumentos o símbolos…

El gran delito imperdonable de que se acusa a los hombres de Franco fue el ganar la guerra civil.
Al margen de los horrores de la guerra y los abusos que durante y tras la misma se pudieran imputar a los vencedores, el gran delito imperdonable de que se acusa a los hombres de Franco fue el ganar la guerra civil. De haberla perdido, las experiencias represivas de la zona republicana dan una idea de lo que hubiera podido pasar. Seguramente no hubiera sido necesario que setenta y tantos años después la ONU se preocupara por la suerte de los sublevados derrotados.

Ni la ONU ni los demócratas de toda la vida que jalean su revisionismo ni lo que implica de injerencia en la soberanía de la España de 2014, se plantean la remota posibilidad de que la situación de España en 1936 no fuera la del orden legítimo republicano que dan por indiscutible. Para ellos se trata simplemente de la voluntad del pueblo forzada por un grupo de militares ayudados por la Alemania nazi y la Italia fascista. Un golpe de estado convertido en guerra cuya responsabilidad, incluso la colateral, recae completamente en el bando rebelde. No poner en cuestión ese axioma es una técnica reduccionista les hace mantener “la” razón, “su” razón.

Pero el análisis de los hechos históricos no resiste las simplificaciones ideologistas. El mismo José María Gil Robles que desde el Ministerio de Defensa del gobierno republicano de Lerroux tuvo que parar los pies a los revolucionarios socialistas en Asturias recurriendo a Franco o a los separatistas catalanes recurriendo a Batet, y que en 1964 conspiró en Munich por cuenta de Don Juan de Borbón, lo explicó con toda crudeza en su libro “No fue posible la paz”. Las beatificaciones masivas de mártires de 1936-39 realizadas por los últimos papas no fueron inventos ni caprichos. La documentación histórica es demasiado abundante y elocuente, por desgracia. Y aún hay entre nosotros supervivientes lúcidos y honestos.

Pasó lo que pasó. Y las guerras salpican precisamente con más saña a los que nada tienen que ver con ellas. En España se ensayó durante tres años el enfrentamiento salvaje que conmocionó durante los seis siguientes al mundo. Y en cada fase del proceso las potencias beligerantes compitieron en intervenciones desalmadas, inhumanas. Los inventarios y las estadísticas de crímenes se esgrimen como determinantes de los que hay que tener por buenos o por malos en estas desgraciadas locuras de los hombres.

Los inventarios y las estadísticas de crímenes se esgrimen como determinantes de los que hay que tener por buenos o por malos en estas desgraciadas locuras de los hombres.
Cuando vuelve a salir la hierba, conviene recordar sin rencores, pero recordar para no reincidir en errores previsibles. El hombre, sobre todo el que no cree en Dios, se erige en creador y en eliminador. Y en definidor del bien y del mal. Cuando toca poder, desde el hoy intenta modelar el mañana. Pero cuando el ayer no le gusta, simplemente lo borra de la memoria o lo desfigura hasta acomodarlo a su antojo. Es la metáfora de la moviola, tan grata a los que suelen invocar en demasía la libertad como supremo criterio de justificación de sus actos.

Los resultados de las guerras no sólo alteran fronteras: fijan las reglas del juego de la política hasta que otra guerra aporta nuevas modificaciones: la victoria de 1939 sentó las bases del Régimen que perduró hasta su suicidio en 1978. La supuesta grandeza del consenso constitucional, homologado con los valores de los vencedores de 1945, amalgama de demócratas y totalitarios comunistas, implicaba, en nombre de criterios pragmatistas, superar esencialismos y dar por cerrados enfrentamientos históricos. Abolir la ley de amnistía de 1977, para reiniciar la caza de brujas en nombre de la nueva superiglesia de la ONU, como solicita el dichoso “relator”, nos puede llevar a una dinámica de culpas que es lo mejor que necesita este país, antes llamado España, para acabar de hacerse añicos, dadas las circunstancias adversas por las que atraviesa.

Los gestos y las piruetas de algunos para salir en la foto como antifranquistas de siempre por encima de otras señas de identidad más profundas y permanentes tienen la desgracia estética de la mezquindad y la cobardía. Y a poco que se rasque-rasque en ciertas poses sale el inquisidor con piel de neoliberal. No tenemos remedio.
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