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El Pacto de Santoña (1937). La rendición del nacionalismo vasco al fascismo.

publicado a la‎(s)‎ 30 ene. 2010 3:35 por CirculoCarlista .com
Autor
: Xuan Cándano
Editorial: La esfera de los Libros, S.L., 2006
Paginas: 327
ISBN:84-9734-456-1
P.V.P.: 22 €


En “El Pacto de Santoña (1937)” nos encontramos sin ningún tipo de tapujos ante la realidad del nacionalismo vasco: la traición. Traición que en el periodo de 1936-1937 es doble. Por un lado el PNV traiciona a una parte de la sociedad vasca, fervientemente católica, manteniendo una alianza contra natura con el Gobierno de Madrid, caracterizado por su anticlericalismo, anticatolicismo y por su cobardía. Efectivamente, el pueblo vasco tiene que ver como un partido supuestamente católico, aun desobedeciendo las directrices de la jerarquía eclesiástica (carta colectiva del episcopado español de 1 de julio de 1937) y lo que es más importante desoyendo el clamor de la realidad, decide apoyar a un Gobierno que hace del anticlericalismo su bandera. Pero esta traición a la católica sangre vasca, no es la única iniquidad cometida por un partido nacionalista inmerso en el nacionalismo más aberrante por infantil, fútil y engañoso, pues no contento con la traición hecha a sus bases, decide traicionar al Gobierno de Madrid (no lo podemos llamar de España pues en esos momentos ya había perdido cualquier legitimidad de ejercicio para proclamarse como Gobierno legítimo) iniciando las conversaciones de rendición con el Ejército Italiano, que desembocarán con el tiempo en el Pacto de Santoña, símbolo máximo de la cobardía nacionalista.

Es evidente que esta historia de traición no surge en 1936, pues el PNV desde su fundación es traidor a la historia y a la verdadera causa del pueblo vasco. Ya Sabino Arana, desde la fundación del PNV, trata de traicionar los legítimos intereses de los vascos y de los españoles creando una historia de la inexistente Nación Vasca, que trata de hacer valer los rasgos distintivos del pueblo vasco; pero la realidad es una muy otra, pues ni la raza, ni la historia, ni la forma de ser del pueblo vasco, ni el amor al ayer, ni el respeto a las tradiciones,… separan al pueble vasco del resto de España, es más, si algo distingue a los vascos del resto de España es precisamente su españolidad (Núñez de Balboa, Legazpi, San Ignacio de Loyola, D. Tomás de Zumalacárregui, Miguel de Unamuno…). Ahora bien, no corresponde tratar ahora estos mitos de la prehistoria nacionalista pues “El pacto de Santoña” nos sitúa en otro acontecimiento histórico bien distinto. En julio de 1936 se produce una movimiento cívico- militar que tiene como principal misión salvar a España de los sin Dios, los separatismos y el caos. En este Alzamiento, cada persona, cada partido, cada organización, tiene el grave deber moral de tomar partido por una de los contendientes (los nacionales o los rojos). En esta toma de posicionamiento, el PNV ya manifiesta su primer brote esquizofrénico pues los peneuvistas alaveses (Araba Buru Batzar) y los navarros (Napar Buru Batzar), tomaron posturas claramente cercanas al Movimiento Nacional. De este modo, la división de la sociedad española quedaba patentizada en la división del PNV. De esta división, podemos decir, que la jerarquía del partido nacionalista no se repuso nunca durante la Guerra del 36, pues la ambigüedad de los líderes del PNV fue proverbial hasta el fin de la guerra. En este estado de tensión la guerra se formaliza y empiezan los primeros avances de los nacionales, que desde la católica y carlista Navarra empiezan un avance victorioso por las tierras vascas. Un Bilbao cada vez más comprometido provoca que el nacionalismo vasco en las figuras de sus líderes (José Antonio Aguirre y Juan de Ajuriaguerra), trate de llegar a una salida pactada del conflicto. Como interlocutor válido se busca a una Italia deseosa de recuperar su prestigio tras la humillante derrota de Guadalajara. Podemos decir que los contactos formales entre Italia y el nacionalismo vasco comienzan el 11 de mayo con la entrevista entre el Marqués Francesco Caballetti y Alberto Onaindía. El primer fruto aparente de estas negociaciones, fue la permanencia del ejercito nacionalista vasco en Bilbao hasta la ocupación efectiva de la villa por las tropas nacionales, para evitar los desordenes y la destrucción de las fábricas por parte de los partidarios comunistas y socialistas. Desde este momento (la caída de Bilbao), el nacionalismo, expulsado de su tierra, empieza a acelerar una rendición que tiene como principal objetivo salvar la vida de los principales dirigentes políticos, a los funcionarios vascos y a los oficiales del ejercito. Del mismo modo se pretendía que los militares vascos fueran considerados prisioneros de guerra bajo soberanía italiana. De esta forma el 24 de agosto de 1937 se firma la traición del gobierno vasco a la República en Guriezo (Cantabria), llegándose al conocido Pacto de Santoña. Pero como bien se sabe, en España no se pagan traidores, y los contenidos de tan vergonzoso pacto nunca se llevaron a la práctica, pues el Alto Mando de Burgos no dio validez a unos acuerdos negociados sin su autorización por una potencia extranjera (Italia) con un enemigo (el nacionalismo vasco), que ya estaba derrotado.

Es la exposición de las circunstancias que llevaron a la firma del Pacto de Santoña y la descripción de los acontecimientos relacionados con dichos pacto, lo que nos motivo a recomendar la atenta lectura del libro que hoy comentamos. Sin duda alguna el libro expone con cierta amenidad un episodio poco conocido de la historia del nacionalismo vasco. Con todo Xuan Cándano comete un craso error al identificar en las primeras páginas del libro al pueblo navarro con el pueblo vasco, pues este no es más que un mito nacionalista que trata de unir el destino del siempre heroico y españolísimo pueblo navarro, con el concepto pervertido de una vasconia nacionalizada. Podemos decir que Xuan Cándano no anda muy certero tampoco en la calificación de uno de los bandos contendiente como rebelde o franquista, pues ni era lo primero (no es tarea presente exponer la ilegitimidad tanto de ejercicio como de origen del frentepopulismo), ni era sólo franquista (no olvidemos que el 18 de julio fue ante todo un movimiento cívico-militar, en el que intervinieron con carácter propio fuerzas como los Requetés). Tampoco anda certero el autor al tratar de justificar cierto anticlericalismo por parte de los nacionales, pues si bien fue cierto el fusilamiento de curas nacionalistas, no es menos cierto que estos no fueron fusilados por su condición de eclesiásticos (cosa que el autor parece olvidar). Del mismo modo, el Sr. Cándano, nos pretende presentar en algunos pasajes del presente libro una Iglesia arrodillada ante el Franquismo, muy lejos de la verdad histórica. Del igual forma no duda en afirmar la bendición de la Iglesia ante los regímenes fascista. Está claro que Xuan Cándano no sólo desconoce la historia de la Iglesia Española, sino que también desconoce la historia de la Iglesia Universal y la doctrina pontificia del gran Pío XI, que ya en 1931 se enfrenta a Mussolini con su “Non abbiamo Bisogno” y en 1937 no duda en enfrentarse con el nacionalsocialismo con su “Mit brennender Sorge”. Es más, en el libro nos encontramos con sutiles y engañosos ataques a la Iglesia Española, pues no puede ser calificada de otro modo esa veneración que el autor parece sentir por el gran muñidor del pacto, el religioso Onandía, que recordemos que ni en sus juicios ni en sus acciones practicaba la mas mínima humildad sacerdotal y mucho menos el respeto a la jerarquía (en esto era tan hipócrita como el nacionalismo vasco). Del mismo modo aparecen trufadas a lo largo de la presente publicación, afirmaciones poco fieles a la historia, pues si bien el autor no duda en calificar al bando nacional como rebeldes, parece dudar en la calificación de los golpistas asturianos del 34; de hecho, califica los hechos de Asturias como “comuna asturiana”, y no duda en tachar el triunfo de la legalidad del 34 como “feroz represión”.

En resumidas cuentas: el libro merece atenta lectura, por cuenta pasará a formar la poca bibliografía existente con respecto al Pacto de Santoña, aun cayendo en multitud de ocasiones en errores de bulto al tratar de encuadrar las diferentes actitudes ante el conflicto tanto de la Iglesia, como del Movimiento Nacional, como de sectores nacionalistas. El progresismo, otra vez más, se nos muestra como enemigo de la verdad, y en un perfecto maridaje con la infamia y la calumnia.