Blog‎ > ‎

CARLOS VII, por Juan Vázquez de Mella.

publicado a la‎(s)‎ 14 mar. 2010 7:42 por CirculoCarlista .com
Carlos VII es el prototipo de esa raza de hombres que tienen un nivel moral mucho más alto que su siglo. La fe religiosa más ardiente, el amor a la Patria llevado hasta el delirio, la veneración más rendida a las grandes instituciones de los grandes siglos, la admiración inteligente y sincera de todos los resplandores de la ciencia, la industria y las artes de los tiempos modernos; el conocimiento de los pueblos del viejo y del nuevo Continente, aprendidos en la Historia y en el estudio constante de viajes sabiamente combinados para que muestren la realidad de la vida social por todos sus aspectos, los espectáculos más sorprendentes de la naturaleza y los ejemplos de heroísmo y grandeza moral más altos del siglo. El fragor de las batallas, la vida agitada del soldado y las más tiernas intimidades del hogar, odios inextinguibles y amores delirantes, ingratitudes son nombre y lealtades sin medida, expatriaciones, destierros y aclamaciones frenéticas de millares de soldados; la vida humana por todos sus aspectos, con todas sus sombras y todas sus claridades, han pasado alrededor de esa figura, delineando los contornos del primer caballero del mundo, no sólo por la alcurnia de sus blasones y de la progenie de su raza, sino por aquellas excelsas cualidades que la mano de Dios y los hechos de la Historia han ido derramando sobre un hombre que puede decir que, para forjar su carácter y darle temple de acero, para que no se quiebre al luchar el cuerpo a cuerpo con la Revolución, se han dado cita todas las grandezas de la naturaleza y del alma, todas las tristezas del corazón y los odios sañudos de las pasiones adversas irritadas.


Cuéntase en los poemas caballerescos que un príncipe de heroicos alientos, teniendo que pelear con un gigante que tiranizaba a las gentes de su pueblo, y no pudiendo vencerle más que con la espada de su padre, sepultado con aquella debajo de una montaña, horadó la mole de rocas y, separando con hercúleo esfuerzo las losas del sepulcro, despertó al rey muerto del sueño perdurable, y, recibiendo de sus manos el acero siempre victorioso, dió muerte al adversario en reñida contienda y libertó de servidumbres a su reino. Carlos VII, sabiendo que a la Revolución, que es la mentira, sólo se la vence con la verdad, ha penetrado en el panteón de los siglos de nuestra historia, y, separando las escorias que el absolutismo cesarista y el parlamentarismo han arrojado sobre el altar y el trono, pilares de la Patria común, ha logrado alzar la losa funeraria y recoger en sus manos, limpia de herrumbres e impurezas, la antigua corona real para mostrarla a los pueblos como símbolo de la autoridad que no oprime y de la libertad que no se rebela, seguro de que en ella se mellarán las espadas de la Revolución y que saldrá radiante de la prueba caldaria de la dinamita anarquista, en que perecerán todas las obras que no estén rematadas por la cruz.


Y Carlos VII en todos sus manifiestos habla un lenguaje más claro y preciso que Carlos V, y el Conde de Montemolín, porque aquellos dos reyes, muertos en el destierro por amar a la justicia y aborrecer la iniquidad, se dirigían a una sociedad que presenciaba el comienzo del desarrollo de un sistema funesto que aún no había producido todos sus frutos de muerte, y su obra tenía que ser, más que protesta negativa contra lo que se alzaba que de afirmación precisa de lo que tenía que levantarse; pues no habiendo recorrido toda su escala el error y el mal, ni se sabía lo que la inundación dejaría de anegar, ni se conocían todas las instituciones que habían de salir purificadas de la contraprueba de los incendios revolucionarios.


Ahora, cuando el ciclo revolucionario se ha cerrado en los dominios de la inteligencia con el retroceso a las últimas negaciones del paganismo, y está próximo a cerrarse en las realidades de la vida con el derrumbamiento de la sociedad, derrocada de los sillares graníticos en que la había cimentado la Iglesia, al terrible empuje del ejército del desorden, puede el Rey cristiano desplegar a los cientos la gloriosa bandera de los antiguos días y presentarla a los pueblos como el emblema de sus esperanzas y el palladium de sus libertades.


Sí, de sus libertades, que después de un siglo de revoluciones hechas en nombre de la libertad, ésta es cautiva que gime pidiendo aire y luz en las mazmorras del derecho nuevo. El Estado ateo es el tirano que todo lo avasalla, levantándose como una montaña de plomo sobre los organismos sociales dislocados y las espaldas de una manada de siervos. Fuera de la libertad de la blasfemia y la de crucificar de nuevo a Jesucristo, la Revolución en todas sus formas y en todos sus partidos no ha traído al mundo más que la restauración de la esclavitud gentílica.


Clases enteras sufren en las galerías de las minas y de las fábricas las torturas de la afrentosa servidumbre y, después de diecinueve siglos de cristianismo, los talleres que han renegado del eterno modelo de Nazaret son mercados donde los más fuertes comercian con los más débiles, trocando en una mercancía lo que antes era persona rescatada con la sangre de un Dios, y ahora, a fuerza de la libertad revolucionaria, ha vuelto a ser cosa.


Por eso Carlos VII habla a la sociedad moderna un lenguaje que hasta ahora no había ésta comprendido, porque el odio sectario y la ignorancia criminal que le sirve de compañera inseparable, lo habían desfigurado, falsificándolo, para poder combatirlo. La fórmula constante de su pensamiento precisamente se resume en la opuesta a la que sus contrarios le atribuyen; odio al absolutismo y amor a la libertad. Es decir, guerra al estado centralizador y socialista que usurpa las atribuciones de todas las entidades sociales, concentrándolas en su voluntad despótica para considerarse a sí mismo como la única persona social que existe por propio derecho, mientras las otras, comenzando por la familia y acabando por la Iglesia, viven por concesión o tolerancia; y amor entusiasta a todas las justas libertades que, como las civiles, enaltecen al hombre reconociendo sus fueros imprescriptibles, como las públicas garantizan contra los abusos del poder esos derechos, y como las políticas le hacen participar, sin arrogarse la soberanía, del ejercicio de sus funciones.


De aquí que Carlos VII pueda compendiar los principios de su política en esta fórmula que es el resumen de todos sus manifiestos y la esencia de la Monarquía española, cristiana en su esencia y federal en su forma: manumisión de los esclavos y emancipación de los siervos hechos por el liberalismo, en nombre de la libertad, devolviendo a todos los miembros y personas sociales los derechos que el Estado moderno les usurpa y que el Poder cristiano tiene la obligación de reconocer y secundar.


A la Iglesia las libertades que las regalías le usurpan; a la familia y sus prolongaciones, la escuela y la Universidad, el derecho a enseñar que el Estado docente monopoliza y absorbe; al municipio, la franquicia de administrar con independencia sus intereses, hoy gestionados bajo la inspección y el dominio del Poder central; a la región, sus derechos de conservar y perfeccionar la propia legislación civil, lengua y literatura, y de dirimir los peculiares litigios sin dependencias burocráticas; a las clases sociales, empezando por la agricultura, el comercio y la industria, siguiendo por las corporaciones científicas y acabando por la aristocracia y el clero, el derecho a nombrar sus especiales procuradores y ligarlos a su voluntad con mandato imperativo, declarando incompatible su cargo con toda suerte de empleos y honores; a las Cortes, espejo de la sociedad y compendio de las fuerzas nacionales, la facultad de exigir como condición indispensable su consentimiento para establecer impuestos nuevos y variar leyes fundamentales; al Consejo Real, las prerrogativas, disueltas en interminable serie de oficinas burocráticas, ara todos los asuntos generales en que le Monarca necesita su concurso; al Rey, el ejercicio libre de las facultades que ahora usurpa la oligarquía del Gabinete por el refrendo ministerial, y, finalmente, a la nación entera, el derecho de ser libre bajo un soberano esclavo del deber y súbdito de Cristo.


A cada derecho hollado y a cada necesidad sentida por la sociedad española corresponde una parte de este programa. Y ahora que la nación se arrastra en el lecho de su miseria, viendo los horizontes empañados por nubes siniestras y sintiendo la pesadumbre de un Ejército al que se niega el derecho a la gloria, en vano será que la voz apagada de los sofismas y los explotadores de la masa servil, traten de oscurecer los entendimientos y torcer las voluntades; porque los hechos usan de la palabra con tanta elocuencia, que los ojos se abren a la luz y los brazos se levantan al cielo para darle gracias porque, en medio de las terribles desventuras que nos aquejan, aún hay una Patria que salvar y un hombre que puede salvarla.


El odio y la calumnia, celebrando esponsales con la ignorancia, se han juntado para arrojar ira y lodo a esa noble figura del destierro que comparte con el Vicario de Cristo la saña de las sectas y el respeto y el amor de los que rinden homenaje a la majestad del derecho y a la grandeza del infortunio. ¡No importa! Por encima de la gritería de los partidos que se reparten el botín, y de los clamores de las sectas que aclaman a Barrabás y piden la muerte del justo, se destaca la figura del gran Rey que no vacila, porque se apoya en la Cruz y que, el día de la catástrofe de los suyos, al despedirse de la legión tebana de los tiempos modernos que traspone con él la frontera de la Patria, no desmaya, y, revelando toda la constancia viril de nuestra raza, consuele a los héroes que lloran con esta frase profética, que es ella sola una epopeya: ¡Volveré!


Dios ha querido, sin duda, premiar al gran caballero de la edad contemporánea; y por eso, a despecho de las iras y la ceguedad de los partidos liberales, no necesita él volver a España; es España la que vuelve a Carlos VII, empujada por esos partidos próximos a deshonrarla después de haberla saqueado.