Del carlismo se dijo|

Bradomines, por M. Fernández Almagro

Reproducimos el articulo aparecido en el diario ABC el 15 de octubre de 1955

“Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido” dijo Antonio Machado abriendo la puerta del lenguaje figurado de uso común a un mito literario de creación reciente, aunque parezca antinómico calificar de mito a un personaje perfectamente identificable, por su origen, con toda suerte de circunstancias, ya que ha sido elaborado a la vista de gentes coetáneas. Pero, ¿cómo no ha de ser, o resultar, fabuloso, el Bradomín de las “Sonatas” si el propio autor, Valle-Inclán, es fabuloso también? Es así como Bradomín se empareja con Mañara o con Tenorio, entre históricos y legendarios, personificaciones del muy español donjuanismo. A los tres se les pueden aplicar los calificativos que emplea el Diccionario de la Real Academia Española, para definir al protagonista de “El burlador de Sevilla”, en el sentido figurado a que estamos aludiendo: “galanteador, audaz y pendenciero”, si bien con variantes. La diferencia específica de Bradomín estriba en la condición de cruzado que Valle-Inclán le atribuye, a su manera, teniendo a la libre estilización de un tipo y no, ciertamente, al análisis de un carácter. Bradomín fue guardia noble del Papa, anduvo por Tierra Santa y sirvió a su Rey, el Carlos VII de la dinastía tradicionalista, como capitán de Lanceros.

Si Valle-Inclán dota a su Bradomín de esa biografía caballeresca, es para hacer notar la fiel adscripción del personaje a la calidad de noble que posee y de la que se ufana con su habitual jactancia, en eso como en todo, incluídas, naturalmente, sus aventuras de amor. Ese tipo de gran señor, mujeriego y galante, valiente y generoso, más creyente que practicante, al modo de pecadores hombres de mundo, no dejó de darse en las filas carlistas, de igual suerte que en las de cualquier otro legitimismo en armas, porque, indudablemente, la adhesión al llamado “Antiguo régimen”, por alusión al fenecido en el siglo XVIII, engloba muy típicas virtudes y limitaciones. Por lo que Bradomín, no obstante su convencionalismo literario, cifra, en insuperable prosa, un cierto modo histórico de ser.
No en vano el propio don Carlos escribe en su poco leído y sabroso “Diario íntimo”: “En el campo de batalla, los calaveras se distinguen ordinariamente. Eso lo decía mi tío el sesudo y moral duque de Módena.” Recoge don Carlos esta observación a propósito de su íntimo amigo, luego general del Ejército carlista, el aristócrata granadino Carlos Calderón y Vasco, militar de carrera, agregado que había sido a la Embajada de España en San Petersburgo, cuando la desempeñó el famoso duque de Osuna.

Tipo muy representativo es Carlos Calderón del donjuanimso al uso del siglo XIX, en la Corte, en los salones y en los campamentos. Pero, aunque la cita sea larga, conviene reproducir el excelente retrato de Calderón en 1870, por su Rey don Carlos. “Tendrá ahora veinticinco años, y cuando se siente un poco, creo que valdrá. Tiene corazón y bastante buen criterio; es valiente y decidido. Algo corredor y muy alborotado. Ha hecho sacrificios pecuniarios por la Causa y está dispuesto a hacer más. Tiene un buen fondo, pero ha sido mal educado. No le han inculcado principio alguno, pero defiende los nuestros con entusiasmo, aunque no practica la Religión. A mí me quiere de veras. Nunca adula; si peca, será por el lado contrario. Tiene la noble ambición de la Ordenanza; es muy pundoroso y desea llegar a ser algo, pero mereciéndolo. Le gusta discutir, y en la discusión da a conocer que no carece de talento, pero un talento natural al cual falta el pulimiento. A veces, pasa horas enteras con Aparisi, y dice que piensa idénticamente como él, lo que no deja de sorprender a los que le conocen y saben lo calavera que es, pero buen calavera. Tiene buenos modales en sociedad, y era uno de los elegante de París. Espero, dentro de unos años, escribir otra vez sobre Calderón y decir de él cosas grandes, pues le creo capaz de ellas.”

La última guerra carlista deparó a Calderón reiteradas ocasiones, en efecto, para acreditar su bizarría, su denuedo, su desinterés, su lealtad. Se distinguió en Eraul por una carga de caballería que se hizo famosa; en Velabieta, donde perdió su caballo y hubo de defenderse a pie como un soldado más. Mandó el romancesco batallón denominado “Guías del Rey”, y al caer prisionero en la toma de Estella por el Ejército liberal, mereció que el general Primo de Rivera le devolviese su espada de gallardo paladín vencido.

Un singular pudor, característico de nuestro pueblo, que a tantos y a tantos españoles impide airear su vida íntima en “Memorias” y “Epistolarios”, pero no en sobremesas y tertulias, es causa de que la Historia –la “pequeña Historia”, “Historia menuda”, como prefiere decir “Azorín”– no pueda recoger la arrogante figura de Carlos Calderón en todos sus perfiles. Pero el primer conde de Melgar se hace eco en sus “Veinte años con don Carlos”, de la sostenida murmuración de los amores del héroe carlista y la duquesa de Osuna, refiriendo que, años después de fallecida, se le apareció a Calderón, en la suntuosa fiesta con que él obsequiaa a los grandes duques Wladimiro de Rusia, en su espléndida residencia de París.

“Estoy en un sitio horroroso –gimió el espectro de la duquesa– donde padezo insoportables torturas, pero hoy he recobrado un poco de ánimo porque acabo de saber que dentro de breves momentos te tendré a mi lado.” El Ciutti de este nuevo Don Juan, su ayuda de cámara, Robledo, contó a Melgar que Calderón no pudo contener la risa, en una de aquellas carcajadas, tan suyas, que “hacían temblar las paredes”. Calderón atribuyó el lance a una broma de sus amigos, pero falleció al siguiente día no sin reclamar, angustiado, la asistencia de un sacerdote.

No sería necesario que Valle-Inclán reconociese –como alguna vez le oímos– la inspiración debida por él a Carlos Calderón, para componer la figura de su marqués de Bradomín, puesto que basta internarse un poco en la crónica, sobremanera atractiva, del carlismo, para descubrir en ése y en otros próceres de la Causa, renovados donjuanes, un inequívoco aire de familia. En unos u otros rasgos, lo acusan al barón de Sangarrén, Carlos Algarra, Amador del Villar, el marqués de Vallecerrato, que acompañó a don Carlos en su frustrada expedición a Figueras para besar la tierra patria, según un ingenuo romance… A todos esos caballeros gustaba de citar Valle-Inclán, que en su primer viaje a Méjico rastreó las huellas de Calderón, residente algún tiempo, como Bradomín, en Nueva España. Y a Granada querái volver don Ramón para evocar, entre las frondas y las fuentes de los Mártires, a Carlos Calderón, dueño que fue del paradisíaco y célebre Carmen.

M. FERNANDEZ ALMAGRO
de la Real Academia Española

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